Star Wars: la nueva mitología

“En 1977, con la primera parte de la primera trilogía de La guerra de las galaxias, nació una nueva era en la historia del cine. El filme elevó a una categoría desconocida no solo el cine taquillero –que ya había cambiado el panorama con Tiburón y El exorcista–, sino el arte cinematográfico como tal. La guerra de las galaxias es un acontecimiento tanto económico como estético, y ambos son inseparables.

Con una épica que remitía al El héroe de las mil caras, de Joseph Campbell, y utilizaba descaradamente cuentos de hadas, fábulas, leyendas y mitos cuyos motivos y arquetipos además reinterpretaba y actualizaba con originalidad, la película de George Lucas iba dirigida tanto a un público adulto como infantil.

El director devolvió una pureza y una utopía inocentes, una “nueva esperanza” (Una nueva esperanza es el subtítulo oficial del primer episodio de la saga) a un cine que, tras el hundimiento de los grandes estudios, la fatiga del cine de autor (incluido el Nuevo Hollywood) y la llegada de la televisión, se había convertido en el escenario de los reprimidos de la sociedad burguesa y exhibía catástrofes (El coloso en llamas), crisis sociales (Tarde de perros), el repliegue en la vida privada (Secretos de un matrimonio) y, especialmente, el subconsciente de esos reprimidos (La noche de los muertos vivientesEl caníbalLas colegialas se confiesan). De este modo, el director creó un nuevo tipo de película que va más allá de sí misma tanto en lo relativo a mercadotecnia y comercialización como a estética e ideología. La guerra de las galaxias es un universo propio; es, claramente, una “nueva mitología” que cuenta con comunidades de admiradores y seguidores cuasi religiosos. Hace años, en una entrevista, Lucas admitió que su épica pretendía mostrar una “moral elemental”.

Parte de la inspiración para el héroe inocente Luke Skywalker procede del mito germánico de los Nibelungos, que sirvieron de modelo para el famoso éxito cinematográfico del mismo nombre, una obra en dos partes de Fritz Lang que obtuvo gran reconocimiento también en Estados Unidos. Al igual que Luke, el rubio Sigfrido es un superhombre inocente al que sus maestros mayores comunican su misión.

 La leyenda artúrica también es un mito que sirve de ejemplo en muchos sentidos, como las espadas y los rituales de una orden monástica y la idea de un “vínculo” exclusivo, copia de la idea medieval de la caballería. La versión bajomedieval de Malory también trata de cómo se debate entre el bien y el mal, por magia y azar, un joven príncipe que recuerda a Moisés –abandonado por sus progenitores para protegerlo, criado por padres adoptivos, ignorante de su verdadero origen–, con la ayuda de un mago viejo y sabio (Obi-Wan es el Merlín de la historia), una espada y un poder trascendental. Rescata a una princesa y lucha contra un Caballero Negro. Luke vive el clásico “viaje del héroe” con invocación, negación, la orientación del guía sabio y experimentado, percepciones profundas, ayudas mágicas y un laberinto en el que tiene lugar la batalla interior final contra el mal que ha sido previamente desenmascarado. Han es parecido pero diferente: lo congelan y prácticamente renace.

Por doquier se encuentran otros arquetipos, en una salvaje mezcla de estilos: el robot C-3PO es visualmente similar a la máquina humana de Metrópolis, una película que también sirve de referencia para gran parte del diseño de las estaciones espaciales en los seis largometrajes. La última escena remite claramente a los desfiles de propaganda nazis filmados por Leni Riefenstahl. Incluso Darth Vader, padre del héroe, provisto de atributos fascistas, como la forma del casco, vestido de negro, cubierto por una máscara y con la voz distorsionada corresponde con precisión a un arquetipo de la obra de Carl Jung, rival de Freud en la década de 1920, que define a un “álter ego”.

Cada épica fantástica refleja su época de origen. Igual que El Señor de los Anillos mostraba las experiencias de Tolkien en el frente occidental durante la Primera Guerra Mundial, el ascenso del fascismo y el trauma británico de la Segunda Guerra Mundial, y Juego de tronos refleja la política occidental del presente con su espíritu emprendedor mezcla de cinismo e ingenuidad y los cuentos de hadas del neoliberalismo, La guerra de las galaxias es el paradigma de la representación imaginaria de la Era de Acuario con su deseo de expansión de nuevos estados de conciencia, su ansiedad ecológica y su anhelo de “naturaleza”, y su simpatía por la rebelión antiimperial de los desfavorecidos”.

Rüdiger Suschland

El despertar de la fuerza

 

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