Un día en la fábrica de chocolate

Un comienzo alternativo para una novela de Roald Dahl

Era un día de verano, el 6 de julio de 2019, y estábamos Iker (mi hermano) y yo en Almería con mis padres y mis abuelos. Mi madre nos dio una tableta de chocolate para merendar. Iker prefirió ir a comer un helado, así que me la comería yo enterita. Me di un baño en la piscina y hacia las seis de la tarde me acerqué a la toalla, que había dejado extendida, para merendar. Al comenzar a abrir la tableta vi algo que brillaba, me dispuse a sacarlo cuando leí: “¡Felicidades!”

Supuse que mi madre me había dado eso por mis buenas notas, pero cuando saqué el billete dorado y seguí leyendo me di cuenta de que era una invitación para visitar la fábrica de chocolate… Me reí un poco y guardé el billete dorado en la mochila para terminarme el chocolate; con la emoción, apenas le había dado un mordisco.

Por la noche se lo conté a mi abuela, que miró el billete sorprendida y me preguntó:

-Alba, ¿me lo estás diciendo en serio?

Yo asentí. Inmediatamente mis padres leyeron el texto escrito en el billete. Decía que el 2 de agosto estábamos invitados a ir a la fábrica de chocolate los cinco candidatos que hubiéramos encontrado el mensaje dorado.

Alba (2ºD)

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