El profesor Z

El profesor Z

Un grupo de alumnos de una escuela literaria fue invitado a los estudios de dos de los profesores más prestigiosos del colegio. Ambos eran escritores, que se habían prestado a dar una pequeña charla a los estudiantes para aconsejarles en sus estudios.

Los cinco alumnos se dirigieron al despacho del primero de los profesores que visitarían durante la mañana, el señor C. Las paredes de su despacho estaban llenas de diplomas, fotografías y certificados, todos ellos con la firma e imagen del señor C. En la sala había varias vitrinas que guardaban ejemplares de sus libros. También había una pequeña estantería junto a la pared, pero los alumnos jurarían que todos aquellos libros compartían el mismo autor; el señor C.

Tras hablar con él, los alumnos se dieron cuenta de que nunca perdía oportunidad para hacer comentarios acerca de su éxito personal, y la conversación giró tan solo en torno a él.

Después, los estudiantes se dirigieron hacia el estudio del segundo profesor, el señor Z. Su estudio era muy distinto. Las paredes estaban decoradas por cuadros de paisajes y había estanterías con todo tipo de libros. La conversación con él fue también muy diferente. Hablaron de sus estudios y sus planes para el futuro. Los alumnos apuntaron con atención los consejos que les daba el sabio profesor. El señor Z apenas charló de sí mismo y se interesó por sus visitantes. De hecho, si un curioso alumno no le hubiera preguntado acerca de los premios que había obtenido, nunca se hubieran enterado de que había ganado el premio nacional de mejor escritor. “Pero señor, siendo tan importante como es usted, ¿como es que no tiene ninguna placa o certificado que refleje su éxito?” preguntó uno de los estudiantes. “Siempre he preferido que los lectores se fijasen en el libro, en vez de la pegatina de Best-Seller que hay en su portada. Supongo que algo parecido ocurre con las personas y sus placas”, respondió. “Pero, es que usted ni siquiera tiene ejemplares de sus libros en su estantería” insistió. El señor Z se limitó a señalar la esquina inferior de la estantería. Allí, apretados contra otros libros, se hallaban dos libros escritos por él. “Señor Z, parece que esconde sus libros. ¿Por qué los ha colocado usted en ese rincón?” preguntó el estudiante. “No, te equivocas. Nunca trato de esconder ningún libro, no. El único criterio que sigo para colocarlos, es el orden alfabético.”

Lucía González Cabeza.    2ºD

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