La mansión

meaulnes

Al amanecer, comenzó a caminar otra vez. Pero debía detenerse y sentarse a cada rato, dolorido por la hinchazón en la pierna. El lugar en donde se hallaba era el más desierto de la Sologne. Durante toda la mañana vio solamente una pastora, a lo lejos, que volvía con su rebaño, y que desapareció sin oír sus desesperados gritos.

Siguió andando en su dirección, con gran lentitud, sin ver un techo, ni un alma, ni siquiera un chorlo gritando entre las cañas de los pantanos. Sobre esa total soledad brillaba un sol de diciembre, claro y glacial.

Serían aproximadamente las tres de la tarde cuando al fin pudo ver, sobre la línea de un monte de abetos, la aguja de una torrecilla gris.

-Algún viejo castillo deshabitado -pensó-. ¡Algún palomar desierto! Y prosiguió su camino, sin apurarse. Llegó al final del puente, y entró en una alameda que desembocaba entre dos. postes blancos. Caminó unos pocos pasos y se detuvo, sorprendido y turbado por una extraña emoción. Pero siguió con su paso cansado. A pesar del viento helado que le tajeaba los labios, y por momentos lo ahogaba, se sentía animado por una inmensa alegría, dentro de una paz absoluta, casi embriagadora, que significaba la seguridad de que al fin había llegado a destino y que todo marcharía en adelante muy bien. Se sentía desfallecer como en otros tiempos, en la víspera de las grandes fiestas del verano, cuando al caer la noche plantaban abetos en las calles del pueblo y la ventana de su dormitorio quedaba obstruida por las ramas.

-¡Tanta alegría -se dijo-, porque llego a este viejo palomar repleto de lechuzas y de corrientes de aire!

El gran Meaulnes (1913) Alain Fournier

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 Dès le petit jour, il se reprit à marcher. Mais son genou enflé lui faisait mal ; il lui fallait s’arrêter et s’asseoir à chaque moment tant la douleur était vive. L’endroit où il se trouvait était d’ailleurs le plus désolé de la Sologne. De toute la matinée, il ne vit qu’une bergère, à l’horizon, qui ramenait son troupeau. Il eut beau la héler, essayer de courir, elle disparut sans l’entendre.

   Il continua cependant de marcher dans sa direction, avec une désolante lenteur… Pas un toit, pas une âme. Pas même le cri d’un courlis dans les roseaux des marais. Et, sur cette solitude parfaite, brillait un soleil de décembre, clair et glacial.

   Il pouvait être trois heures de l’après-midi lorsqu’il aperçut enfin, au-dessus d’un bois de sapins, la flèche d’une tourelle grise.

   “Quelque vieux manoir abandonné, se dit-il, quelque pigeonnier désert !…” Et, sans presser le pas, il continua son chemin. Au coin du bois débouchait, entre deux poteaux blancs, une allée où Meaulnes s’engagea. Il y fit quelques pas et s’arrêta, plein de surprise, trouble d’une émotion inexplicable. Il marchait pourtant du même pas fatigué, le vent glacé lui gerçait les lèvres, le suffoquait par instants ; et pourtant un contentement extraordinaire le soulevait, une tranquillité parfaite et presque enivrante, la certitude que son but était atteint et qu’il n’y avait plus maintenant que du bonheur à espérer. C’est ainsi que, jadis, la veille des grandes fêtes d’été il se sentait défaillir, lorsqu’à la tombée de la nuit on plantait des sapins dans les rues du bourg et que la fenêtre de sa chambre était obstruée par les branches.

   “Tant de joie, se dit-il, parce que j’arrive à ce vieux pigeonnier, plein de hiboux et de courants d’air !…”

Le Grand Meaulnes (1913) Alain -Fournier

 

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