Istrati

panait-istrati

Nos hallábamos en el centro de una superficie pantanosa de varios miles de kilómetros cuadrados, maleza impenetrable, dominio perdido para la ma­no laboriosa del hombre. El Danubio, tirano gene­roso, lo tiene constantemente bajo la amenaza de su oleaje irresistible en las épocas de gran crecida. El cielo parece tan salvaje como la tierra; el silencio asusta, la inmensidad hace la vida imposible a los seres afectuosos. Una hoja que se mueve, una espi­ga que se balancea, un grito de gavilán que desga­rra el espacio hacen sentir al hombre cuán poca co­sa representa sobre la tierra. Aquí, el necio «rey» de nuestro planeta solo penetra al precio de cien arañazos, de mil sinsabores y de agotadoras fatigas. Desde el buitre que planea como un dios del infi­nito hasta los mosquitos que pululan por miríadas, todo grita al saboteador de la vida terrestre:

—¡En nuestra casa no tendrás lugar!

Panait Istrati.

Nerrantsula (1927)

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